RECITAL DE POESÍA

Publicado en poesia con etiquetas , , , el 27 enero 2012 por Pilar Rojas Martínez

POEMA BODAS
15 DE JULIO DE 1994- 15 DE JULIO DE 1969

Después de veinticinco años, aún, te amo,
en el borde mismo de un futuro imposible.
Hemos sentido, juntos, el sublime delirio,
de vivir siempre, en libertad, enamorados
y fuimos atravesando, casi sin aliento,
el corte brusco, inesperado, de la muerte.

Y, sin embargo, aquí estamos, una vez más,
valientes y, al mismo tiempo, temerosos,
con el ansia infinita o eterna de comenzar,
a pesar del profundo dolor irremediable,
una nueva, esperanzada, abierta vida.

Por eso, por haber vivido a tu lado,
lleno de amor, en plena libertad,
es que quisiera proponerte amada,
en un enjambre de luz, deseo ardiente,
arremeter contra el tiránico dolor,
que quiere consumirnos y, como antaño,
amar de los amores la cuantiosa belleza,
sumergirnos, sin más, en nuestras carnes,
insondables delicias de lejanos misterios
y dejar que la vida venga a estar con nosotros
y nuestros más amados desde lejanas soledades,
infinitos vacíos negros en el espacio, amarán,
tiernamente, con alegría, nuestros nuevos amores.

Ahora, también, y lo deseo, voy a cantarte,
como se cantan los hechos fuertes de la vida.
Como esos sencillos terremotos que, sin saber,
contienen la inmensidad, el ruido de lo eterno.
Como la brisa del otoño, casi sin darse cuenta,
rompe el preludio de los arrebatos veraniegos.
Como aquel tango que se bailó sólo una vez
o la orquesta maravillosa que sólo fue silencio.

Hoy quiero cantar como se cantan los himnos en la guerra,
por esas duras, sempiternas batallas que nunca sostuvimos.
Por todos los amores que no fueron, por las vidas quebradas,
por nuestra infinita, sana, soberbia de abrazarnos al fracaso,
para poder seguir viviendo juntos,
para poder seguir mirándonos, vivos, erguidos,
altaneros por haber sobrevivido todo mal, por haber mirado,
frente a frente los espectaculares cataclismos:
un siglo envenenado, la muerte tirada, sin más, en nuestro lecho
y nosotros, después de todo llanto, entre el dolor desesperado,
decíamos palabras, caminábamos de un lado para otro,
esperando, sabiendo de antemano
que nuestro gran amor vencería a la muerte.

Es por eso que hoy, quiero cantar con fuerza,
con una voz de hierro, una canción,
que llegue hasta los mismos confines de todo el universo,
para que nunca más nadie pueda confundirse
cuando se hable del amor.
Amor, el nuestro,
que se levanta aunque ya nadie pueda soportarlo,
sobre todo dolor, toda penuria, todo fracaso,
que vuela como el aire,
que se estremece como las grandes cumbres,
como las altas cordilleras,
cuando lloran por la caída, estrepitosa, del mundo
y siguen en pie.
Mares, océanos delirantes salidos de su curso,
arrasando ciudades y muchedumbres
y luego, mansamente, como si nada hubiera pasado,
vuelven a su curso y trasladan,
de continente a continente, los lazos eternos del amor.
Hoy quiero cantarte
con la fuerza titánica del odio, siempre, contenido,
fuimos, somos aún,
esos soldados increíbles que cuentan las historias,
esos pequeños soldados de leyenda
que han sobrevivido a toda guerra.
Esos corazones ardientes que van por el mundo,
recordándole al Hombre,
que a pesar de todo dolor profundo, toda nieve,
toda catástrofe total,
el amor, nuestro infinito amor,
sigue en su trono abierto al universo.

Que siempre hay una carne que no muere,
que siempre hay una palabra que aunque nadie pronuncie,
siempre está allí, resucitando los amores.

Siempre habrá con nosotros,
una palabra fuerte que hará posible el canto,
un canto poderoso que hará posible el amor,
un amor lúcido, estremecido, el nuestro,
que aunque no quede mundo para poder contarlo,
nos hará vivir.

Miguel Oscar Menassa
De “Amores perdidos”, 1995

NOSOTROS

Publicado en General con etiquetas , , el 26 enero 2012 por Pilar Rojas Martínez

Madame Monet en traje japonés. Claude Monet


Y por último, un día nos decidimos a partir.

Tenemos equipajes y algún papel en el bolsillo con

anotaciones minúsculas;

un número de teléfono al que no llamaremos jamás,

el nombre de unas píldoras para dormir o no dormir,

el relámpago muerto de algún poema.

 

Tenemos equipajes con ropa y máquina de afeitar y algunos de nosotros

botellas de coñac o perfume o aceite para el sol

y libros sagrados y de álgebra y de ciencia ficción,

tenemos treinta años y padecemos todos, cada uno según su necesidad,

humo y amor y redes y violencias, sed de verdad, insomnio y desesperación,

y hemos sacado algunas conclusiones.

(En la ciudad inmensa cada uno cavó su guarida,

acumuló sus propiedades, sus olvidos, su oposición a la muerte.

Cada uno disfrutó de derrumbes y papeles en blanco,

lloró de rabia ante las cajas fuertes del tiempo,

firmó con mil imágenes de Dios pactos después desconocidos,

creyó en todo,

abrió sus brazos, tomó vino, contó dinero, acarició, supuso

librarse bien, salvarse, haber hallado cómplices para la gran reunión

[en la sala principal de la cueva

para el acuerdo universal del que saldría limpio e inocente.

Pero no hubo al fin más que carozos y cenizas y botellas vacías.

 

Queda la noche, sin embargo,

la noche abierta a los pequeños ensayos de fuga ya los

[pequeños abismos,

el fondo de la noche donde tampoco habrá solución

porque igualmente se lo habrán montado, se lo habrán repartido

[sin concederle siquiera que tuvo algo que ver,

que él puso algo de su parte también;

algo de buena voluntad, de asombro, de inocencia

y no tan sólo su cara de extraño.

 

En la comisaría lo apalean por gritar en la calle

que el suyo es un horrible país, y en el casino

le prohíben la entrada porque ven en sus ojos

el fuego inconfundible de los videntes.

 

La mañana está lejos, de cualquier manera:

puede durar un poco más esta frágil tregua nocturna

antes del sol y el ruido de las máquinas y la pobreza mental.

 

Entra en el bar y mira aquella mesa:

ella por fin ha vuelto.

Afuera ha comenzado la lluvia,

y melancólicamente

los dos conversan de su amor de diez años atrás.

 

Después se encuentra solo en el filo despiadado del amanecer.

 

En la puerta de un sótano la música de Charlie Parker

lo atropella en su fuga hacia las estrellas afiebradas

y siente que ya sabe hasta su última mentira.

 

En su cabeza brilla una bella ecuación

pero a los camaradas no les sirve

para cambiar el mundo

Los bares del olvido están cerrados para siempre,

no tiene donde estar y la lucidez se paga sabiéndolo.)

 

Todos perdidos en la noche y roídos por innumerables agravios,
todos equivocados y autores de desastres irreparables,

todos dementes y llagados y llenos de bichos y de confusión,

ustedes, yo, nosotros, mis amigos difíciles, cazadores de lejanos poemas

sobre la gran llanura marcada por el rayo.

                                  RAÚL GUSTAVO AGUIRRE

NO BASTA

Publicado en General con etiquetas , , , el 25 enero 2012 por Pilar Rojas Martínez

Idilio en el mar. Joaquín Sorolla

Pero no basta, no, no basta

la luz del sol, ni su cálido aliento.

No basta el misterio oscuro de una mirada.

Apenas bastó un día el rumoroso fuego de los bosques.

Supe del mar. Pero tampoco basta.

 

En medio de la vida, al filo de las mismas estrellas,

mordientes, siempre dulces en sus bordes inquietos,

sentí iluminarse mi frente.

No era tristeza, no. Triste es el mundo;

pero la inmensa alegría invasora del universo

reinó también en los pálidos días.

 

No era tristeza. Un mensaje remoto

de una invisible luz modulaba unos labios

aéreamente, pobre pálidas ondas,

ondas de un mar intangible a mis manos.

 

Una nube con peso, nube cargada acaso de pensamiento

estelar,

se detenía sobre las aguas, pasajera en la tierra,

quizá envío celeste de universos lejanos

que un momento detiene su paso por el éter.

 

Yo vi. dibujarse una frente,

frente divina: hendida de una arruga luminosa,

atravesó un instante preñada de un pensamiento sombrío.

vi por ella cruzar un relámpago morado, vi. unos ojos

cargados de infinita pesadumbre brillar,

y vi a la nube alejarse, densa, oscura, cerrada,

silenciosa, hacia el meditabundo ocaso sin barreras.

 

El cielo alto quedó como vacío.

Mi grito resonó en la oquedad sin bóveda

y se perdió, como mi pensamiento que voló deshaciéndose,

como un llanto hacia arriba, al vacío desolador, al hueco.

 

Sobre la tierra mi bulto cayó. Los cielos eran

sólo conciencia mía, soledad absoluta.

Un vacío de Dios sentí pobre mi carne,

y sin mirar arriba, nunca, nunca, hundí mi frente en la arena

y besé sólo a la tierra, a la oscura, sola,

desesperada tierra que me acogía.

 

Así sollocé sobre el mundo.

¿Qué luz lívida, qué espectral vacío velador.

qué ausencia de Dios sobre mi cabeza derribada

vigilaba sin límites mi cuerpo convulso?

¡Oh madre, madre, sólo en tus brazos siento

mi miseria! Sólo en tu seno martirizado por mi Ilanto

rindo mi bulto, sólo en ti me deshago.

 

Estos límites que me oprimen,

esta arcilla que de la mar naciera,

que aquí quedó en tus playas,

hija tuya, obra tuya, luz tuya,

extinguida te pide tu confusión gloriosa,

te pide sólo a ti, madre inviolada,

madre mía de tinieblas calientes,

seno sólo donde el vacío reina,

mi amor, mi amor, hecho ya tú, hecho tú sólo.

 

Todavía quisiera, madre,

con mi cabeza apoyada en tu regazo,

volver mi frente hacia el cielo

y mirar hacia arriba, hacia la luz, hacia la luz pura,

y sintiendo tu calor, echado dulcemente sobre tu falda,

contemplar el azul, la esperanza risueña,

la promesa de Dios, la presentida frente amorosa.

¡Qué bien desde ti. sobre tu caliente carne robusta,

mirar las ondas puras de la divinidad bienhechora!

¡Ver la luz amanecer por oriente, y entre la aborrascada

nube preñada

contemplar un instante la purísima frente divina destellar,

yesos inmensos ojos bienhechores

donde el mundo alzado quiere entero copiarse

y mecerse en un vaivén de mar, de estelar mar entero,

compendiador de estrellas, de luceros, de soles,

mientras suena la música universal, hecha ya frente pura,

radioso amor, luz bella, felicidad sin bordes!

 

Así, madre querida,

tú puedes saber bien -lo sabes, siento tu beso secreto de sabiduría-

que el mar no baste, que no basten los bosques,

que una mirada oscura llena de humano misterio,

no baste; que no baste, madre, el amor.

como no baste el mundo.

 

Madre, madre, sobre tu seno hermoso

echado tiernamente, déjame así decirte

mi secreto; mira mi lágrima

besarte; madre que todavía me sustentas,

madre cuya profunda sabiduría me sostiene ofrecido.

 

VICENTE ALEIXANDRE

ADIÓS CULTURA MI SEÑORA

Publicado en poesia con etiquetas , , , el 24 enero 2012 por Pilar Rojas Martínez

Atardecer en el lago. Miguel Oscar Menassa

ADIÓS

CULTURA

MI SEÑORA

Cuando pequeño escuchaba hablar a los mayores:

Ella, un día, abriría sus puertas,

para que yo entrara, por fin, a la vida.

Joven príncipe entrando al palacio que le corresponde.

Yo crecía

y mis amigos crecían

y todo era esperanza.

Estábamos aniquilados por una ilusión:

Ella un día abriría sus piernas, sus puertas, sus ventanas

y nosotros entraríamos en ELLA como ELLA en nosotros

y, en ese instante, el reino de los cielos en la tierra,

sería la cultura.

Con el tiempo, esperando y haciendo nuestras cosas,

-esperando de día, haciendo nuestras cosas por la noche-

fuimos transformando todas las ilusiones en banderas.

Salimos a la calle para gritar:

¡la cultura es nuestra!

¡la poesía al pueblo!

¡la mujer a la poesía!

Gritábamos de todo, después,

percibimos los aullidos de Hiroshima,

empobreciendo cualquier dolor.

Dejamos de gritar.

Con los dientes apretados,

con una palpitación interior, increíble,

como si la vida fuera eso, apretar los dientes.

En la quietud de ese silencio pasaron años.

Éramos empecinados, amábamos con fervor las ilusiones

y esa pasión entre los hielos,

fuego brutal que aún me sobrevive

y canta en el propio centro del silencio mortal,

-que me sobrecoge para matarme-

una canción,

última entre tus brazos.

Adiós,

viejo deleite cuando niño

y pensaba llegar a las estrellas.

Mi señora, guardaré en mi corazón las huellas

de haber hecho el amor con usted y algún día,

no me lo perdonarán y, sin embargo, me confieso:

Yo fui feliz entre sus carnes de violetas

Cuántas veces un soneto hizo estallar mi corazón de porvenir.

Cuántas veces la armonía, la perfecta armonía, vuestro Dios,

hizo que de mis ojos cayera una lágrima.

Y acunando a mis hijos,

supe recitar, acompasadamente,

de los grandes poetas, los mejores versos.

Y viajé por las sílabas buscando la longitud exacta de la noche.

Y calculé el destino de una vocal durante años.

Y me até a las palabras.

Y viví maniatado entre las hojas de los libros.

De seguir por ese camino me tocaba la gloria,

más, una tarde, inexplicablemente, comencé a crecer.

Las palabras no cabían en las frases.

Las frases se caían de la página.

Mis sentimientos agrandaban el corazón del mundo peligrosamente.

Y al caminar,

tropezaba con las palabras

y caía.

Una

y otra vez.

Y las palabras se metían por mis ojos abiertos

y me dejaban ciego, y ahí,

precisamente, vacío de negruras,

transparencia donde la blancura hace pensar en el infierno,

la Poesía me tendió su mano y en esa algarabía,

-borrachos de habernos encontrado-

rompimos,

trastabillando juntos, todas las barreras.

Ella deformó su ser en el encuentro

y yo,

entregué mi vida en el adiós.

MIGUEL OSCAR MENASSA

LA GLORIA DEL POETA

Publicado en poesia con etiquetas , , , el 23 enero 2012 por Pilar Rojas Martínez

Los refugiados. Tamara Lempicka

Demonio hermano mío, mi semejante,
Te vi palidecer, colgado como la luna matinal,
Oculto en una nube por el cielo,
Entre las horribles montañas,
Una llama a guisa de flor tras la menuda oreja tentadora,
Blasfemando lleno de dicha ignorante,
Igual que un niño cuando entona su plegaria,
y burlándote cruelmente al contemplar mi cansancio de la tierra.
Más no eres tú,
Amor mío hecho eternidad,
Quien deba reír de este sueño, de esta impotencia, de esta caída,
Porque somos chispas de un mismo fuego
y un mismo soplo nos lanzó sobre las ondas tenebrosas
De una extraña creación, donde los hombres
Se acaban como un fósforo al trepar los fatigosos años de sus vidas.
Tu carne como la mía
Desea tras el agua y el sol el roce de la sombra;
Nuestra palabra anhela
El muchacho semejante a una rama florida
Que pliega la gracia de su aroma y color en el aire cálido de mayo;
Nuestros ojos el mar monótono y diverso,
Poblado por el grito de las aves grises en la tormenta,
Nuestra mano hermosos versos que arrojar al desdén de los hombres.
Los hombres tú los conoces, hermano mío;
Mírales cómo enderezan su invisible corona
Mientras se borran en las sombras con sus mujeres al brazo
Carga de suficiencia inconsciente,
Llevando a comedida distancia del pecho,
Como sacerdotes católicos la forma de su triste dios,
Los hijos conseguidos en unos minutos que se hurtaron al sueño
Para dedicarlos a la cohabitación, en la densa tiniebla conyugal
De sus cubiles, escalonados los unos sobre los otros.
Mírales perdidos en la naturaleza,
Cómo enferman entre los graciosos castaños o los taciturnos
[plátanos.
Cómo levantan con avaricia el mentón,
Sintiendo un miedo oscuro morderles los talones;
Mira cómo desertan de su trabajo el séptimo día autorizado,
Mientras la caja, el mostrador, la clínica, el bufete, el
[despacho oficial
Dejan pasar el aire con callado rumor
por su ámbito solitario.
.
Escúchales brotar interminables palabras
Aromatizadas de facilidad violenta,
Reclamando un abrigo para el niñito encadenado bajo el sol
[divino
O una bebida tibia, que resguarde aterciopeladamente.
El clima de sus fauces,
A quienes dañaría la excesiva frialdad del agua natural.
Oye sus marmóreos preceptos
Sobre lo útil, lo normal y lo hermoso;
Óyeles dictar la ley al mundo, acotar el amor, dar canon a
[la belleza inexpresable,
Mientras deleitan sus sentidos con altavoces delirantes;
Contempla sus extraños cerebros
Intentando levantar, hijo a hijo, un complicado edificio
[de arena
A que negase con torva frente lívida la refulgente paz de las estrellas.

Esos son, hermano mío,
Los seres con quienes mueren a solas,
Fantasmas que harán brotar un día
El solemne erudito, oráculo de estas palabras mías ante
[alumnos extraños,

Obteniendo por ello renombre,
Más una pequeña casa de campo en la angustiosa sierra
[inmediata a la capital;

En tanto tú, tras irisada niebla,
Acaricias los rizos de tu cabellera
Y contemplas con gesto distraído desde la altura.
Esta sucia tierra donde el poeta se ahoga.

Sabes sin embargo que mi voz es la tuya,
Que mi amor es el tuyo;
Deja, oh, deja por una larga noche.
Resbalar tu cálido cuerpo oscuro,
Ligero como un látigo,
Bajo el mío, momia de hastío sepulta en anónima yacija,
y que tus besos, ese venero inagotable,
Viertan en mí la fiebre de una pasión a muerte entre los dos;
Porque me cansa la vana tarea de las palabras,
Como al niño las dulces piedrecillas
Que arroja a un lago, para ver estremecerse su calma
Con el reflejo de una gran ala misteriosa.
Es hora ya, es más que tiempo
De que tus manos cedan a mi vida
El amargo puñal codiciado del poeta;
De que lo hundas, con sólo un golpe limpio,
En este pecho sonoro y vibrante, idéntico a un laúd,
Donde la muerte únicamente,
La muerte únicamente,
Puede hacer resonar la melodía prometida.

LUIS CERNUDA

RECITAL DE POESÍA DE LOS HERMANOS MENASSA

Publicado en poesia el 22 enero 2012 por Pilar Rojas Martínez

Maravilloso recital de los hermanos Menassa en la Fundación Progreso y Cultura. Todo un documental.

ALGUNA MEMORIA III

Publicado en poesia con etiquetas , , , el 16 enero 2012 por Pilar Rojas Martínez

Los amantes. Magritte

III

Es éste el límite del mundo, afilado hasta la extremaunción, donde mi oficio termina y tu perfume se presiente.

Nos deteníamos para disputarnos esas extrañas piedras con que tropezábamos a cada momento. Cada vez eran menos numerosas a medida que nos acercábamos a ti.

Presencia jamás compensada, insólita, ¿cómo es que duras ante mis ojos, cómo es que vives en mi país?

Te esfuerzas por mantener la unidad de tu cuerpo, por estar aquí. Pero tus amistades son enojosas para la eternidad que te reclama. Y por esa restricción a la niñez celestial que cuestiona tu sexo, vives, intensamente, bajo el peligro constante de ascensión y de metamorfosis.

Ojos maravillosos que a veces te recuerdan y que a veces te -olvidan.

En el destello de nuestra separación -azul velocísimo- yo

te saludo, mi alma, mi extranjera.

Alba donde pululan los monstruos, alba siempre dispuesta a transformarte en poema, alba invisible siempre, perdida entre las nieblas y los hierros del mundo.

Sabes que donde la belleza culmina, ella y la angustia se
confunden. (El rayo negro nos desnuda sobre una realidad que vacila entre el éxtasis y el espanto, la vida recuperada y la inexplicable ausencia, mientras tú me abrazas, desesperadamente, sabiéndome víctima, una vez más, de la disonancia metafísica.)

Nada te defiende en la noche perfecta.

Bien sé que te asfixias en la felicidad dispuesta por los propietarios de tu presencia en el mundo. Bien sé que sufres a menudo grandes dolores extranjeros, prohibidos por la ley. Exilados los dos, juntos bajo un cielo magnífico, creemos por un instante -oh poema- haber hallado tu país.

Te invento para hablarte. Me inventas para verte.

Tantos enigmas consienten a tu presencia.

Desconfías de esa especie de sueño que anula las dificultades de la vigilia en beneficio de un país hipotético, en cuyas aduanas la parte más fértil del hombre queda a merced de la exacción. Pero esa tiniebla ávida de nuestras fuerzas no debe ser confundida con aquella otra donde se origina el signo que renueva el alba y hace comparecer a los monstruos.

Pasa la breve luciérnaga, inclusa en la ley de su reino. Pasa y se ilumina.

Presencia que parecieras desmentirme cuando la tristeza del mundo ya iba a negarte, y que culminas y desapareces entre mis brazos de relámpago.

El amor y el viento. Lo demás pasará.

A cada movimiento, una nueva piedra aumenta su muralla del equívoco que te circunda. Es preciso derribar algo de tiempo en tiempo, a pesar de las objeciones de los cronistas del rey.

Vivo en la hierba de tu desprendimiento. Soy el cazador furtivo a quien la noche ha transformado en centinela exhausto.

Contigüidad insaciable, fidelidad lejana…

Amante, los monstruos que te amaban resplandecían antes de morir.

¡Miserables, miserables del mundo, de quienes está hecho el rayo de tu presencia!

Eres parecida a ese fuego que un caminante solitario enciende en el umbral de la noche y donde se reúne, para no morir, toda la claridad de la tierra.

Ebrio estoy de este universo que compromete su destino por acordarse con tu mirada, por ser tu cómplice…

Alma de todo lo que me subleva, tú eres mi fuego, constante y mi primera ceniza.

Hay en mi vida una especie de nada que sólo existe por ella. Hay en mi vida un pozo de vida. Tú no lo ignoras, tú me abrazas.

Me abrazas, para que no olvide el tiempo en que nada sabía
de ti.

¿Qué harás en este desierto donde hasta las piedras se esfuman, sino quedarte y compartirlo? Tú, criatura que no eres de aquí pero que nos quieres aquí, pobres, inmensos, dementes, obstinados.

iCómo es difícil para ti retener en el viento esa pasión del viento que te crea! Pero la noche donde reinas y desapareces jamás será vencida, ioh amenazada!

¿Seremos también nosotros, al morir, los contrarios de la Poesía?

¿Por qué si jamás les has interrumpido, si ellos son más fuertes que tú, más numerosos y más firmes, todo un ejército de profesionales te odia? Cuando apareces entre ellos, por un error, por un descuido, los directores se turban, los mitomaniacos exhalan largas memorias, los parásitos de las Escrituras evidencian síntomas de sofocación. ¿Por qué? ¡No soy yo, que me inclino por ellos, que me confundo con ellos para verte! Nuestros gestos son ambiguos y te odiamos, te odiamos porque tú nos anulas los discursos, nos echas a perder nuestras más hábiles combinaciones y tus ojos nos revelan que todavía -a pesar de nuestro poder y de nuestra destreza y de nuestros antepasados- no hemos comenzado a existir para ti.

La alta tensión es nuestra patria. Allí me hablas, allí te comprendo.

Cuando consiento a la tentación de separarme de ti, una muralla de espesor considerable me paraliza, por un momento, con su parecido a la muerte. ¿Por qué milagro vuelvo otra vez, una vez más aún, a encontrarte? Hay algo que nos une, algo que lo atraviesa todo y nos retiene, todavía, en la inocencia de su trama.

No puedes evitar que cualquier lugar donde te detienes se convierta en seguida en esa mansión encantada cuyos extraños silencios provocan la hostilidad del contorno. Pero la tierra no sería habitable sin esos albergues de excepción.

Criatura indiferente a las historias de otro tiempo, criatura donde el universo se resarce, donde mi soledad culmina para luego desaparecer, eres la belleza que salta de los límites ardientes de la razón, su última conquista.

¿Cómo romper la fascinación que nos ata a ese arcón inútil que de día nos niega y de noche nos maldice?

Tu vida, puesta de nuevo en discusión; tu vida amenazada siempre, reprimida siempre, entra y sale de este mundo que amas.

Nada llena de presagios, universo que te abres en la noche y me comprendes…

Oh raza aniquilada que la vida renueva en un vástago único, llevada de su enorme necesidad de belleza, a ti te designa, rosa resplandeciente, víctima de su continua derrota.

Te anticipas, don inmenso, te anticipas…

Y te quedas aquí, fuera del sol donde reinabas, para inventar una belleza que no quiere huir de esta mentira y de esta muerte.

¡Cuántos esfuerzos los tuyos, en medio de la insoportable cerrazón, por fundirte en el rojo vivo del día, por desaparecer en el asalto del viento!

Apenas diferente del espacio donde parecías escapar hacia tu forma efímera, eras ya mi obsesión. En ti las calamidades se congregaban, la felicidad se excedía.

Mariposa feliz que huyes de la prisión de mi fatiga y que inventas, volando, el espacio donde la primavera continuará.

Otra vez te encuentro entre una multitud de íncubos y de criaturas espectaculares y altivas, tímida y radiante, parecida al deseo que te precedió.

Tu guardas, para nosotros, en el interior de tus noches, los tesoros nuevos, las respuestas.

Yo no te uso, yo te amo.

Viajas, no obstante la terrible fricción del mal que te circunda. Pero sabes también como nosotros que no es así como se debe ir por este mundo.

(Miro con inquietud el estado solemne del grafismo a que te lleva mi excesiva confianza en la sagacidad del prójimo. Son tan distintas de ti estas aguas que te reflejan.)

La intimidad del volcán es un canto sin relación alguna con el volcán. Nunca podrás explicar este misterio que te concierne.

(Ya casi nada tengo de ti, pero no puedo vivir sino en el borde de este abismo, pero no puedo vivir sin este miedo.)

Dulce pez luminoso en la noche oscura de mi alma, dulce pez luminoso en el agua oscura de mis días inútiles.

Para seguir, nos basta con el destello solitario del gran incendio hacia donde vamos. Por obra de esos resplandores fugaces viajamos, uno hacia el otro, a velocidades fantásticas…

Cuando desapareces en el tumulto, entre extraños objetos cuya profusión te causa desconcierto, llega la oportunidad para el sosias que te abruma, en mi ausencia, con sus discursos interminables.

Espérame en tu punto de fusión y de olvido. Allí terminaré por llegar algún día, antes que yo y el universo.

A menudo me confortas: «Las experiencias más puras ocurren en el huevo de la hormiga. No es humillante comenzar por eso».

En el fondo del mar hay una piedra. Esa piedra tiene que ver con nosotros. No sé qué sería de nosotros sin esa piedra.

No podemos romper este conjuro sin caer otra vez uno en el otro, uno en el otro para siempre.

Hierba, hormiga, guijarro: la eternidad tiene forma y canta bajo tus pies.

 

RAÚL GUSTAVO AGUIRRE

Pero ¿Por qué habla tan alto el español?

Publicado en poesia con etiquetas , , , el 15 enero 2012 por Pilar Rojas Martínez

Guernica. Picasso

Este tono levantado del español es un defecto, viejo ya, de raza. Viejo e incurable. Es una enfermedad crónica.

Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva. Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre, para siempre porqué tres veces, tres veces, tres veces tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe.

La primera fue cuando descubrimos este continente, y fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!. Había que gritar esta palabra para que sonase más que el mar y llegase hasta los oídos de los hombres que se habían quedado en la otra orilla. Acabábamos de descubrir un mundo nuevo, un mundo de otras dimensiones al que cinco siglos más tarde, en el gran naufragio de Europa, tenía que agarrarse la esperanza del hombre. ¡Había motivos para hablar alto! ¡Había motivos para gritar!

La segunda fue cuando salió por el mundo, grotescamente vestido con una lanza rota y una visera de papel aquel estrafalario fantasma de la Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra de luz olvidada por los hombres: ¡justicia! ¡justicia! ¡justicia!… ¡También había motivos para gritar! ¡También había motivos para hablar alto!

El otro grito es más reciente. Yo estuve en el coro. Aún tengo la voz parda de la ronquera. Fue el que dimos sobre la colina de Madrid, en el año de 1936, para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo: ¡eh! ¡que viene el lobo! ¡que viene el lobo!… ¡que viene el lobo!.

El que dijo tierra y el que dijo justicia es el mismo español que gritaba hace 6 años nada más, desde la colina de Madrid, a los pastores: ¡eh! ¡que viene el lobo!

Nadie le oyó. Los viejos rabadanes del mundo que escriben la historia a su capricho, cerraron todos los postigos, se hicieron los sordos, se taparon los oídos con cemento, y todavía ahora no hacen más que preguntar como los pedantes: ¿Pero por qué habla tan alto el español?

Sin embargo, el español no habla alto. Ya lo he dicho. Lo volveré a repetir: el español habla desde el nivel exacto del hombre, y el que piense que habla demasiado alto es porque escucha desde el fondo de un pozo.

 

LEÓN FELIPE

TRABAJAR CANSA

Publicado en poesia con etiquetas , , , el 15 enero 2012 por Pilar Rojas Martínez

La fragua. Francisco de Goya


Los dos tendidos sobre la hierba, vestidos, se miran a la cara

entre los tallos delgados: la mujer le muerde los cabellos

y después muerde la hierba. Entre la hierba, sonríe.turbada.

Coge el hombre su mano delgada y la muerde

y se apoya en su cuerpo. Ella le echa, haciéndole dar tumbos.

La mitad de aquel prado queda, así, enmarañada.

La muchacha, sentada, se acicala el peinado

y no mira al compañero, tendido, con los ojos abiertos.

Los dos, ante una mesita, se miran a la cara

por la tarde y los transeúntes no cesan de pasar.

De vez en cuando, les distrae un color más alegre.

De vez en cuando, él piensa en el inútil día

de descanso, dilapidado en acosar a esa mujer

que es feliz al estar a su vera y mirarle a los ojos.

Si con su pie le toca la pierna, bien sabe

que mutuamente se envían miradas de sorpresa

y una sonrisa, y que la mujer es feliz. Otras mujeres que pasan

no le miran el rostro, pero esta noche por lo menos

se desnudarán por un hombre. O es que acaso las mujeres

sólo aman a quien malgasta su tiempo por nada.

Se han perseguido todo el día y la mujer tiene aún las mejillas

enrojecidas por el sol. En su corazón le guarda gratitud.

Ella recuerda un besazo rabioso intercambiado en un bosque,

interrumpido por un rumor de pasos, y que todavía le quema.

Estrecha consigo el verde ramillete -recogido de la roca

de una cueva- de hermoso adianto y envuelve al compañero

con una mirada embelesada. Él mira fijamente la maraña

de tallos negruzcos entre el verde tembloroso

y vuelve a asaltarle el deseo de otra maraña

-presentida en el regazo del vestido claro-

y la mujer no lo advierte. Ni siquiera la violencia

le sirve, porque la muchacha, que le ama, contiene

cada asalto con un beso y le coge las manos.

Pero esta noche, una vez la haya dejado, sabe dónde irá:

volverá a casa, atolondrado y derrengado,

pero saboreará por lo menos en el cuerpo saciado

la dulzura del sueño sobre el lecho desierto.

Solamente -y ésta será su venganza- se imaginará

que aquel cuerpo de mujer que hará suyo

será, lujurioso y sin pudor alguno, el de ella.

Cesare Pavese

TEORÍA DE LA NOCHE AMERICANA

Publicado en poesia con etiquetas , el 15 enero 2012 por Pilar Rojas Martínez

Antes que la gran tarde continental se llene de sombras,

cual una patria aérea invadida por oscuras águilas,

concentraré mi cuerpo cerca de estos valles

que dibujan sobre los meridianos de la tierra

la historia remotísima de la sangre aborigen

y los relatos del hombre habitador de hidrópicos mundos.

Haré que las hondas selvas próximas a escuchar pregones lejanos

de quenas, cornamusas y roncos teponaztlis,

me entreguen su conmoción ante el silencio

que baja de los Andes como jaguar a las cuevas

donde arañas deformes trabajan para la muerte,

como trabajan también hormiga y chucua para la muerte,

mientras la constructora mecánica del suelo

fermenta el hervor caótica de gérmenes que viven

mezclándose con la pudrición debajo de las ciénagas.

Como un emperador indio

envuelto en su soberbia casta legítima;

de pie sobre las rocas sagradas y los ojos

fijos en los holocaustos del sol en su poniente,

así en rojo tezontle cimentaré mi sueño;

en lo más mexicano de un peñón borrascoso,

donde mis sienes puedan sentir los tránsitos del aire

y comprender mi espíritu la fuerza de unos pueblos

que amaron como yo estas mismas cordilleras de América;

aquí se arrodillaron,aquí se engradecieron

y aquí como profetas agrícolas hablaronde las cosas nutricias;

de los bosques sedientos;

del alcance horizontal de las raices

y la fidelidad del hombre a las montañas.

Me tenderé a la orilla de un lago migratorio

para que así, muy junto de su fluvial deslave,

pueda tocar con más justicia el polvo de las vértebras;

la virtud labrantía de los dedos

y el estrago ya disperso de las rótulas,

caídas en la arena y calcinadas

por furias que chocaron contra el moreno Continente,

hasta desquiciar columnas monolíticas

y fundir aquellas láminas de oro.

que brillaron en los dintetel de las casa

llamándolas de las más humildes músicas

cuando el viento les hería sus biseles,

como si fueran de carrizo silbador o de atributos del maíz.

Me tenderé a la orilla de un lago porque América,

desde el Yukón a la Patagonia,

salió del agua en el principio de los tiempos

como una balsa llena de plátanos y piñas;

balsámicas maderas;

azules mariposas;

venenos y volcanos;

defensa pectoral hecha de pieles

de caimán aletargado en la manigua,

y plumas de quetzal

escondido cual una móvil esmeralda

bajo las selvas del Petén.
Así América lacustre, bestial y cataclísmica;

recuérdalo figuras de batracios que los indios

esculpieron suplicantes en las rocas,

para pedir que se alejaran

los líquidos poderes invasores.

El agua retirándose dejó sus venas repartidas

en las vertientes amazónicas;

sus ojos en los lagos de la dulce Guatemala

y su cabellera al pie del Iguarú.
El agua fue para América origen tempestuoso de su vida.

Por eso cuando pronuncio estas palabras

con algo de su espíritu y su sangre,

idólatra y pagano confieso

la primitiva pasión que me subyuga,

y digo una plegaria que comienza

signándome la carne con luceros arborescentes,

en el nombre de la Tierra y del Espacio;

de la caoba que contiene vigas y sepulcros;

de los vestigios caminantes de la raz

ay del sol que todavía nos gobierna en las alturas.

Una plegaria que principia proclamando

mi culto a las tinieblas de la noche,

y concluye con actos de fe sin esperanza

en la amargura original de América.

y ante las sordas cumbres del Chimborazo clama.

Así creo en mi país meciéndose con ruidos de selva irremediable

desde el Darién al Putumayo.

Así mi nación de ríos que ningún mar resume.

Así Colombia acuática y agobiadoramente vegetal.
Me tenderé cerca de silencioso río a esperar la noche

que invade con su espuma de inorgánicos ébanos,

las subterráneas formaciones de carbón.

Me tenderé a esperar la noche

Como antes al regresar de sus asaltos

a los cobrizos peces y las leonadas fieras,

los rápidos arqueros cazadores.

Me tenderé a esperar la sombra cerca de silencioso río,

porque agua, oscuridad y hermetismo selvático

son la terrible clave hereditaria

del hombre de América.

Tres buitres anclados en escuetos farallones.

Tres Orinocos desaguando siempre en nuestra sangre.

Tres murallas mortuorias oprimiendo

los pantanos donde suplica el «diostedé».
Únicamente los que nacimos en América

comprendemos la enormidad del telúrico luto.

Decid a un americano auténtico la palabra «penumbra»,

y agitará los brazos

como un ofidio constrictor.

Es su nocturno instinto, su inclinación de selva

buscando sus orígenes.
Decílde “agua” y entonces descrubriréis lagunas

en sus ojos manchados de crepúsculos.

Sin embargo decidle “silencio” y en sus manos

florecerán manojos de catleyas.

La flor americana del silencio que nunca

se interrumpe. La flor más desértica y libre.

Se alimenta de brisas y silencios y músicas

inaudibles. A veces palidece y suspira.

Se sostiene en la danza. Se ilumina con los éxtasis.

Nace sobre una vara de silencio y olvido

y en olvido y silencio multiplícase y muere.

Otros días quisiera volar como un espíritu

y alejarse entre luces amarillas y lágrimas.
Abandonaré ciudades donde se cumple mi destierro

de todo cuanto es orgánica energía.

Allá dejé raíces como brazos que abren túneles

por donde pasan atropellándose en su arterial carrera,

los verdes glóbulos del fondo.

Dejé calor sacando a cada instante vidas trágicas

del territorio fétido que pudre.

Dejé vigor, crueldad en las batallas animales

y un odio de tinieblas contra hombres y criaturas.
Yo llamo a la noche americana: ¡madre!,

y ella me grita desde sus cóncavas regiones: ¡hijo!

No conocí a mi madre. Murió cuando mis ojos

ignoraban las transformaciones de la luz.

No conservo su memoria o si la guardo

es como río doloroso fluyendo entre lo oscuro.

La noche protegió mi formidable desamparo.

Crecí como algo suyo; como se desarrolla el trueno

en sus velocidades enemigas.

Hay un rencor en mí contra la claridad y la esperanza

y una insubordinación irredimible.

Llamadme por el nombre de una bestia nocturna

y acudiré,

porque mi confusión es parte de la noche

y mi angustia un zarpazo de su abismo.

Abandonaré metrópolis de cal donde se cumple mi destierro.

Allá me aguardan vegetaciones oscurísimas

y toros con tormentas en los cuernos;

obsidiana en los ojos y pezuñas,

y cuerpo de canela que se vuelve

misterioso en las cúspides sin astros.

Así América implacable en su hermosura;

vital bajo sus légamos caribes

y pobre entre sus ídolos de oro.
He de volver a sus desiertos a engrandecer mi espíritu.

Su sombra es luz de mis poderes veteranos.
Su pan el hambre de mi boca.

Su tempestad mi sosiego.

Su pudrición el más salvaje de mis gozos.

Yo soy el compañero de sus tribus que caminan

sobre savias vigorosas preguntando

por el instante mismo de la muerte.

Abandonaré ciudades, olvidaré metrópolis

y volveré a tenderme a la orilla de un río silencioso;

uno de esos turbios ríos de nombres musicales: Inírida, Vaupés,

a esperar como las serpientes el amparo de la noche de América.

Germán Pardo García

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