TEORÍA DE LA NOCHE AMERICANA

Antes que la gran tarde continental se llene de sombras,

cual una patria aérea invadida por oscuras águilas,

concentraré mi cuerpo cerca de estos valles

que dibujan sobre los meridianos de la tierra

la historia remotísima de la sangre aborigen

y los relatos del hombre habitador de hidrópicos mundos.

Haré que las hondas selvas próximas a escuchar pregones lejanos

de quenas, cornamusas y roncos teponaztlis,

me entreguen su conmoción ante el silencio

que baja de los Andes como jaguar a las cuevas

donde arañas deformes trabajan para la muerte,

como trabajan también hormiga y chucua para la muerte,

mientras la constructora mecánica del suelo

fermenta el hervor caótica de gérmenes que viven

mezclándose con la pudrición debajo de las ciénagas.

Como un emperador indio

envuelto en su soberbia casta legítima;

de pie sobre las rocas sagradas y los ojos

fijos en los holocaustos del sol en su poniente,

así en rojo tezontle cimentaré mi sueño;

en lo más mexicano de un peñón borrascoso,

donde mis sienes puedan sentir los tránsitos del aire

y comprender mi espíritu la fuerza de unos pueblos

que amaron como yo estas mismas cordilleras de América;

aquí se arrodillaron,aquí se engradecieron

y aquí como profetas agrícolas hablaronde las cosas nutricias;

de los bosques sedientos;

del alcance horizontal de las raices

y la fidelidad del hombre a las montañas.

Me tenderé a la orilla de un lago migratorio

para que así, muy junto de su fluvial deslave,

pueda tocar con más justicia el polvo de las vértebras;

la virtud labrantía de los dedos

y el estrago ya disperso de las rótulas,

caídas en la arena y calcinadas

por furias que chocaron contra el moreno Continente,

hasta desquiciar columnas monolíticas

y fundir aquellas láminas de oro.

que brillaron en los dintetel de las casa

llamándolas de las más humildes músicas

cuando el viento les hería sus biseles,

como si fueran de carrizo silbador o de atributos del maíz.

Me tenderé a la orilla de un lago porque América,

desde el Yukón a la Patagonia,

salió del agua en el principio de los tiempos

como una balsa llena de plátanos y piñas;

balsámicas maderas;

azules mariposas;

venenos y volcanos;

defensa pectoral hecha de pieles

de caimán aletargado en la manigua,

y plumas de quetzal

escondido cual una móvil esmeralda

bajo las selvas del Petén.
Así América lacustre, bestial y cataclísmica;

recuérdalo figuras de batracios que los indios

esculpieron suplicantes en las rocas,

para pedir que se alejaran

los líquidos poderes invasores.

El agua retirándose dejó sus venas repartidas

en las vertientes amazónicas;

sus ojos en los lagos de la dulce Guatemala

y su cabellera al pie del Iguarú.
El agua fue para América origen tempestuoso de su vida.

Por eso cuando pronuncio estas palabras

con algo de su espíritu y su sangre,

idólatra y pagano confieso

la primitiva pasión que me subyuga,

y digo una plegaria que comienza

signándome la carne con luceros arborescentes,

en el nombre de la Tierra y del Espacio;

de la caoba que contiene vigas y sepulcros;

de los vestigios caminantes de la raz

ay del sol que todavía nos gobierna en las alturas.

Una plegaria que principia proclamando

mi culto a las tinieblas de la noche,

y concluye con actos de fe sin esperanza

en la amargura original de América.

y ante las sordas cumbres del Chimborazo clama.

Así creo en mi país meciéndose con ruidos de selva irremediable

desde el Darién al Putumayo.

Así mi nación de ríos que ningún mar resume.

Así Colombia acuática y agobiadoramente vegetal.
Me tenderé cerca de silencioso río a esperar la noche

que invade con su espuma de inorgánicos ébanos,

las subterráneas formaciones de carbón.

Me tenderé a esperar la noche

Como antes al regresar de sus asaltos

a los cobrizos peces y las leonadas fieras,

los rápidos arqueros cazadores.

Me tenderé a esperar la sombra cerca de silencioso río,

porque agua, oscuridad y hermetismo selvático

son la terrible clave hereditaria

del hombre de América.

Tres buitres anclados en escuetos farallones.

Tres Orinocos desaguando siempre en nuestra sangre.

Tres murallas mortuorias oprimiendo

los pantanos donde suplica el «diostedé».
Únicamente los que nacimos en América

comprendemos la enormidad del telúrico luto.

Decid a un americano auténtico la palabra «penumbra»,

y agitará los brazos

como un ofidio constrictor.

Es su nocturno instinto, su inclinación de selva

buscando sus orígenes.
Decílde “agua” y entonces descrubriréis lagunas

en sus ojos manchados de crepúsculos.

Sin embargo decidle “silencio” y en sus manos

florecerán manojos de catleyas.

La flor americana del silencio que nunca

se interrumpe. La flor más desértica y libre.

Se alimenta de brisas y silencios y músicas

inaudibles. A veces palidece y suspira.

Se sostiene en la danza. Se ilumina con los éxtasis.

Nace sobre una vara de silencio y olvido

y en olvido y silencio multiplícase y muere.

Otros días quisiera volar como un espíritu

y alejarse entre luces amarillas y lágrimas.
Abandonaré ciudades donde se cumple mi destierro

de todo cuanto es orgánica energía.

Allá dejé raíces como brazos que abren túneles

por donde pasan atropellándose en su arterial carrera,

los verdes glóbulos del fondo.

Dejé calor sacando a cada instante vidas trágicas

del territorio fétido que pudre.

Dejé vigor, crueldad en las batallas animales

y un odio de tinieblas contra hombres y criaturas.
Yo llamo a la noche americana: ¡madre!,

y ella me grita desde sus cóncavas regiones: ¡hijo!

No conocí a mi madre. Murió cuando mis ojos

ignoraban las transformaciones de la luz.

No conservo su memoria o si la guardo

es como río doloroso fluyendo entre lo oscuro.

La noche protegió mi formidable desamparo.

Crecí como algo suyo; como se desarrolla el trueno

en sus velocidades enemigas.

Hay un rencor en mí contra la claridad y la esperanza

y una insubordinación irredimible.

Llamadme por el nombre de una bestia nocturna

y acudiré,

porque mi confusión es parte de la noche

y mi angustia un zarpazo de su abismo.

Abandonaré metrópolis de cal donde se cumple mi destierro.

Allá me aguardan vegetaciones oscurísimas

y toros con tormentas en los cuernos;

obsidiana en los ojos y pezuñas,

y cuerpo de canela que se vuelve

misterioso en las cúspides sin astros.

Así América implacable en su hermosura;

vital bajo sus légamos caribes

y pobre entre sus ídolos de oro.
He de volver a sus desiertos a engrandecer mi espíritu.

Su sombra es luz de mis poderes veteranos.
Su pan el hambre de mi boca.

Su tempestad mi sosiego.

Su pudrición el más salvaje de mis gozos.

Yo soy el compañero de sus tribus que caminan

sobre savias vigorosas preguntando

por el instante mismo de la muerte.

Abandonaré ciudades, olvidaré metrópolis

y volveré a tenderme a la orilla de un río silencioso;

uno de esos turbios ríos de nombres musicales: Inírida, Vaupés,

a esperar como las serpientes el amparo de la noche de América.

Germán Pardo García

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