NOSOTROS

Madame Monet en traje japonés. Claude Monet


Y por último, un día nos decidimos a partir.

Tenemos equipajes y algún papel en el bolsillo con

anotaciones minúsculas;

un número de teléfono al que no llamaremos jamás,

el nombre de unas píldoras para dormir o no dormir,

el relámpago muerto de algún poema.

 

Tenemos equipajes con ropa y máquina de afeitar y algunos de nosotros

botellas de coñac o perfume o aceite para el sol

y libros sagrados y de álgebra y de ciencia ficción,

tenemos treinta años y padecemos todos, cada uno según su necesidad,

humo y amor y redes y violencias, sed de verdad, insomnio y desesperación,

y hemos sacado algunas conclusiones.

(En la ciudad inmensa cada uno cavó su guarida,

acumuló sus propiedades, sus olvidos, su oposición a la muerte.

Cada uno disfrutó de derrumbes y papeles en blanco,

lloró de rabia ante las cajas fuertes del tiempo,

firmó con mil imágenes de Dios pactos después desconocidos,

creyó en todo,

abrió sus brazos, tomó vino, contó dinero, acarició, supuso

librarse bien, salvarse, haber hallado cómplices para la gran reunión

[en la sala principal de la cueva

para el acuerdo universal del que saldría limpio e inocente.

Pero no hubo al fin más que carozos y cenizas y botellas vacías.

 

Queda la noche, sin embargo,

la noche abierta a los pequeños ensayos de fuga ya los

[pequeños abismos,

el fondo de la noche donde tampoco habrá solución

porque igualmente se lo habrán montado, se lo habrán repartido

[sin concederle siquiera que tuvo algo que ver,

que él puso algo de su parte también;

algo de buena voluntad, de asombro, de inocencia

y no tan sólo su cara de extraño.

 

En la comisaría lo apalean por gritar en la calle

que el suyo es un horrible país, y en el casino

le prohíben la entrada porque ven en sus ojos

el fuego inconfundible de los videntes.

 

La mañana está lejos, de cualquier manera:

puede durar un poco más esta frágil tregua nocturna

antes del sol y el ruido de las máquinas y la pobreza mental.

 

Entra en el bar y mira aquella mesa:

ella por fin ha vuelto.

Afuera ha comenzado la lluvia,

y melancólicamente

los dos conversan de su amor de diez años atrás.

 

Después se encuentra solo en el filo despiadado del amanecer.

 

En la puerta de un sótano la música de Charlie Parker

lo atropella en su fuga hacia las estrellas afiebradas

y siente que ya sabe hasta su última mentira.

 

En su cabeza brilla una bella ecuación

pero a los camaradas no les sirve

para cambiar el mundo

Los bares del olvido están cerrados para siempre,

no tiene donde estar y la lucidez se paga sabiéndolo.)

 

Todos perdidos en la noche y roídos por innumerables agravios,
todos equivocados y autores de desastres irreparables,

todos dementes y llagados y llenos de bichos y de confusión,

ustedes, yo, nosotros, mis amigos difíciles, cazadores de lejanos poemas

sobre la gran llanura marcada por el rayo.

                                  RAÚL GUSTAVO AGUIRRE

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