LEYENDO A BAUDELAIRE

Alicia en el país de las Maravillas. René Magritte

Es ésta para mí una de las noches más tristes y crueles

del mundo

Baudelaire con sus ojos estúpidos

torcidos por la sífilis; Baudelaire con sus ojos de brujo

maligno, me está mirando fijamente desde un libro de luto.

Llegó arrastrándose a mi casa, hemipléjico y zurdo.

Baudelaire llegó a mi casa después del crepúsculo,

a la hora en que salen los dementes murciélagos nocturnos.

Le dije: señor, se equivoca. No le conozco. Ya está oscuro

y esta casa se extingue a las seis de la tarde,

cuando me aíslo como una araña en su telar profundo.

Y Baudelaire me dijo: es a usted al que busco.

Al que se aísla cuando los primeros pájaros se guarecen

ante la inminencia del terror y los ruidos confusos.

Al arácnido en sombras pervertidas oculto.

Y la baba caía de los labios de Baudelaire

comidos por la sífilis, lascivos y convulsos.

Vengo a su casa porque usted conoce, como yo,

la orfandad y la pena.

Yo lo he sentido clamar por su madre dormido

como gritan los sonámbulos, los hombres siempre solos

desde su inválida niñez. Es a usted al que busco.

Yo lo he visto golpear estérilmente los impasibles muros

de la orfandad, preguntando por el nombre de su madre,

esa que usted tiene ahora fotográficamente en lo turbio

de esta casa con flores malditas.

Es a usted al que busco, es a usted al que busco.

Y Baudelaire atáxico me miraba con sus ojos estúpidos.

Y gritaba y gritaba con la tenacidad babeante del idiota:

es a usted al que busco, es a usted al que busco.

A usted lo amó la sífilis. La he visto reptar sobre su cuerpo

con sus gusanillos minúsculos

royéndole las células nerviosas, las celdillas cerebrales

con las que usted escribe; partiéndole los músculos

con los que usted trabaja, y la vertebral columna

con la que sostiene su cuerpo, cual otra columna de orgullo.

Es ella la que excita sus prodigiosos dedos

para que no reposen. Diosa blanca y verdugo.

Ella le rinde imágenes fantásticas, sonidos misteriosos

que sólo usted escucha, paraísos conclusos.

Después de la muerte en las cenizas de sus huesos

estará el treponema proclamando su triunfo.

Yerto de horror, de crápula, de espanto,

miraba yo a Baudelaire, el hemipléjico, el intruso,

que seguía gritándome y gritándome y gritándome:

es a usted al que busco, es a usted al que busco.

Salga usted de mi casa, le dije elevando mis gritos

y elevando con furia los puños.

Voy a echarle a ese perro

que custodia mi sueño proclive y mi sueño fecundo.

Y él seguía gritando y gritando diabólico y lúgubre:

es a usted al que busco, es a usted al que busco.

Al huérfano, al solo, al que siente el fulgor de la sífilis

cruzar cual sombrío relámpago por sus ojos impuros.

Al que ama la carne podrida del burdel y el sepulcro,

como amé a Jeanne Duval, deforme y perversa.

Es a usted al que busco, es a usted al que busco.

Y un desorden sublime cayó sobre mi casa reducida

como un corazón sin ternura. Y crecía el insulto

tremendo y la baba del atáxico horrible.

Y en mi rostro cayó su saliva asquerosa, su esputo

de locura y de fuerza perseguida por el Mal sin descanso.

Y crecía y crecía el desorden de mi casa y cayeron los libros

y Las Flores del Mal por el suelo en desorden y volaron

las mesas

en divino desorden y el incendio quemó las columnas

y el agua que bebo inundó de mi alcoba la calma,

y el sol que me ilumina desde un cuadro de Van Gogh

desprendiese

del lienzo y se echó sobre mí como un tigre iracundo.

Quise escribir: ¡Piedad! pero las manos desobedecieron,

y la palabra ató mi lengua con asfixiantes nudos,

y era mi cuerpo un tronco devorado por la demencia

que en la sífilis

incuba sus corpúsculos,

hasta que un águila sorda se lleva nuestro espíritu,

y el cuerpo se nos queda rezagado, concluso,

como estoy yo esta noche de crueldad indecible,

mientras el hemipléjico grandioso me grita sin saciarse:

¡Es a usted al que busco, es a usted al que busco!

GERMÁN PARDO GARCÍA

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