RAÍCES DEL ODIO

Cayetano De Arquer Buigas


¡Oh profundas raíces,

amargor de veneno hasta mis labios

sin estrellas, sin sangre!

iFurias retorcedoras

de una vida delgada en indeciso

perfume! ¡Oh yertas, soterradas furias!

¿Quién os puso en la tierra

del corazón? Que yo buscaba pájaros

de absorto vuelo en la azorada tarde,

jardines vagos cuando los crepúsculos

se han hecho dulce vena,

tersa idea divina,

si hay tercas fuentes, sollozante música,

dulces sapos, cristal, agua en memoria.

Que yo anhelaba aquella flor celeste,

rosa total -sus pétalos estrellas,

su perfume el espacio,

y su color el sueño-

que en el tallo de Dios se abrió una tarde,

conjunción de los átomos en noma,

el tibio, primer día,

cuando amor se ordenaba en haces de oro.

Y Ilegábais vosotras, llamas negras,

embozadas euménides, enlutados espantos,

raíces sollozantes,

vengadoras raíces,

seco jugo de bocas ya borradas.

¿De dónde el huracán,

el fúnebre redoble

del campo, los sequísimos

nervios, mientras los agrios violines

hacen crujir, saltar las cuerdas últimas?

y ese lamer, ese lamer constante

de las llamas de fango,

voracidad creciente

de las noches de insomnio, negra hiedra

del corazón, mano de lepra en flecos

que retuerce, atenaza !

la, horas seca” nítida”

la boca virginal, estremecida!

iOh! ¿De dónde, de dónde, vengadoras?

¡Oh vestigios! ¡Oh furias!,

Ahí tenéis el candor, los tiernos prados

las vaharientas vacas de la tarde,

la laxitud dorada y el trasluz de la dulces ojeras,

¡ay viñas de San Juan,

cuando la ardiente lanza del solsticio

se aterciopela en llanto!

Ahí tenéis la ternura

de las tímidas manos ya no esquivas,

de manos en delicia, abandonadas

a un fluir de celestes nebulosas,

y las bocas de hierba suplicante

próximas a I¡¡ música del río.

¡Ay del dulce abandono! i Ay de la gracia

mortal de la dormida primavera!

iAy palacios, palacios,

termas, anfiteatros, graderías,

que robásteis sus salas a los vientos! ,

iAy torres de mi afán, ay altos cirios

que váis a Dios por las estrellas últimas!

¡Ay del esbelto mármol, ay del bronce!

Ay chozas de la tierra,

que dáis sueno de hogar al mediodía,

borradas casi en sollozar de fuente’

en el bullir del romeral solícito,

rubio de miel sonora!,

¿Pero es que no escucháis, es que no veis

cómo el fango salpica

los últimos luceros putrefactos?

¿No escucháis el torrente de la sangre?

¡ Y esas luces moradas;

esos lirios de muerte que galopan

sobre los duros hilos de los vientos!

Sí, sois vosotras, hijas de la ira,

frenéticas raíces

que penetráis, que herís,

que hozáis, que hozáis con vuestros secos brazos,

flameantes banderas de victoria,

donde lentas se yergen,

súbitas se desgarran

las afiladas testas viperinas.

Sádicamente, sabiamente

morosamente,

roéis la palpitante,

la estremecida pulpa voluptuosa.

Lúbricos se entretejen

los enormes meandros,

las pausadas anillas;

y las férreas escamas

abren rastros de sangre y de veneno.

¡Cómo atraviesa el alma vuestra gélida

deyección nauseabunda!

¡Cómo se filtra el acre,

el fétido sudor de vuestra negra

corteza sin luceros,

mientras salta en el aire en amarilla

lumbrarada de pus, vuestro maldito

semen…!

¡Morir! ¡Morir!

¡Ay, no dáis muerte al mundo, sí alarido,

agonía, estertor inacabables!

Y ha de llegar un día

en que el mundo será sorda maraña

de vuestros fríos brazos,

y una charca de pus el ancho cielo,

raíces vengadoras,

¡oh lívidas raíces pululantes,

oh malditas raíces

del odio, en mis entrañas,

en la tierra del hombre!

DÁMASO ALONSO

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