CANTO A LA FUERZA SINDICAL

Salvador Dalí. Poesía de América

Salvadro Dalí. Poesía de América

I

COMPAÑEROS de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical lo principio

convocando desde lo más rojo intenso de mi sangre a la muerte,

porque jamás seréis los constructores obreros de la vida

si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.

Así comienzo este canto a vuestra fuerza sindical: desde abajo

cual si enterrase los oscuros cimientos de una casa,

para inducirla después con lentitud hacia la altura hermosos cuerpos

cargados como todas las densas formas, de potencias eléctricas.

Otros hombres más universales dirían este canto

con el nombre del sol como insignia en sus bocas, del sol inagotable

que satura intensamente gusanos cosmogónicos

y enardece la rebelión de las panteras.

Mas yo, inmenso y brutal conocedor de sombras demoníacas,

afiánzome al hosco polvo con tenacidad de nervios

y lanzo este himno como ardiente flor de pólvora

que desde el piso asciende al vértigo de tempestades térmicas.

II

Y os digo en nombre de las innumerables alianzas existen

entre los brazos del hombre trabajador y los sólidos seres:

ved a los armoniosos árboles confederándose

sobre el poderoso flanco del gran monte antibélico.

Ellos son el primer símbolo de esta fuerza sindical de que os hablo,

contemplándola desde su nacer en la arcilla hasta elevación al Cosmos,
porque también allá las estrellas únense para impulsar al Universo,

enarbolado en mástil nuclear de lámparas tremendas

con su fulgir de insectos nebúlicos de oro.

Os doy este humano ejemplo de los árboles porque son criaturas

que están cada vez más próximas al espíritu del hombre.

Su inminente incorporación a nuestras almas la comprendemos

al decir: más allá de la vida todos seremos árboles.

O al exclamar: estoy solo como un árbol ante la pérdida del crepúsculo.

Ellos fundaron la inicial conciliación de vegetales

para defender con su auxilio al proletario parvifundio.

Al arbusto individual creciéronle otros árboles

y apareció la fronda civil llena de voces y de ruidos,

como en las plazas de las ciudades las multitudes famélicas.

Comparo este murmullo de las labiales hojas con acento de palabras,

porque ellas son así: dialogantes en su idioma de verdes monosílabos.

Tienen su misterioso abecedario y conocen la semántica del viento,

y en elásticos alambres de raíz o esferas húmedas y azules

graban hondas inframúsicas que nosotros no escuchamos,

y las reviven al decaer la rauda tracción de la materia.

III

ESTOS sensibles bosques sociales dotados de justísimas lenguas

urgen a la capacidad de mi corazón álgido y solo

para que entienda la amargura del salario miserable;

la aridez de los mineros que sacan de los cárcamos

la esclavitud de los pétreos combustibles;

la desecación de los arroyos pulmonares

por el sílice y la cal de las canteras,

y la agonía de los lívidos púgiles derrotados

por la inercia y los espectros

que atan a sus cinturas emblema falaz de campeones

IV

ME inducen a penetrar en los talleres en que obreros tipógrafos

colocan grises sílabas en planchas y molduras.

Aquí la fuerza sindical logra creciente fragor de océano

que mueve sin cesar las tubulares rotativas.

Las olas de este mar tipógrafo son páginas

de blanquísimo papel que inunda las metrópolis

y se retira semejando las mareas,

para volver a anegar las casas, las calles, los estadios,

con la velocidad de sus cronologías.

¡Qué preludio tan sublime el de los linotipos y las prensas!

¡Qué ritmo tan dinámico el de los aceitados engranajes!

¡Cuánta belleza en las ustorias lámparas y espejos de aluminio

que distribuyen ecuaciones de calor y savias de sulfuro!

Aquí los árboles son discos enormes roturado

y laborables hojas su balsámica madera.

Se oye correr los ríos en cuyas márgenes llenas de tórridos pájaros

crecen las plantas de donde fluye la substantiva celulosa.

Todo diluvio aquí se escucha.

Todo huracán aquí distiéndese.

El golpe de las almádenas que parten exágonos graníticos,

repercute bajo el acero de estas bóvedas

donde los relámpagos tienen menor velocidad que la noticia

Aquí la ordenadora fuerza sindical es blanca república

dirigida por las sienes sinfónicas del hombre.

Y cuando las ventanas de esta fábrica impresora se abren al sol y al viento,

huyen los inmortales libros como alciones

o espumas separándose de los nitrados promontorios.

Los libros inmortales

que divulgan la virilidad de las proclamas y los cantos de Píndaro.

V

ESTOS borrascosos bosques sociales me empujan a las riberas

donde los sindicatos de fuertes pescadores

bruñidos por las aguas teñidas de yoduros,

viven su diaria intrepidez de cálidos tritones.

Ellos, los broncos hijos del mar, se hunden en sus tormentas

a festejar sus onomásticos bestiales,

el ímpetu naval de sus bodas

o el nacimiento de una estirpe,

cual mayorazgos ebrios que retaran

la cólera de un padre enloquecido.

Tienen tatuados mapas de las naciones navegadoras

en la escollera brusca de sus velludos pechos,

como las manchas que hay en el dorso de los marinos elefantes.

En esa geografía humanizada sobre códices de músculos,

se apoya su derecho natural a la existencia.

¡Qué importa si sus hombros huelen a bacalao fétido

y a putrefactas proteínas!

¡Y qué si hay en sus calcañares cicatrices de paguros!

¡Qué importa si ellos viven bajo sindicales leyes

que en sus capítulos les cantan: al mar, al mar, al mar!

Así son estos hombres oceánidas: cambiantes de color y  contextura

según el mar es áspero y de cobre, o azul índigo y tranquilo.

Asociados están como los alcatraces y así pescan.

Aprendieron del mar a federarse

y caminan obedientes al corsario caudillo.

Por eso el reclamo sindical de los estibadores

tiene poder de octópodo que amarra y paraliza.

¿No habéis visto los puertos inmóviles, las barcazas inmóviles,

plegados los velámenes como atáxicas plumas,

el salmón asfixiándose en las costas

y el mosto envileciéndose en las cubas?

Son los trabajadores del mar en la inacción de sus caídos brazos

y en la quietud de sus sociales olas,

en tanto el viejo líder, cojo de eternidad y tuerto de

constelaciones,

la insurrección de sus obreros urde.

Sus carnívoras hembras tejedoras de redes aguzan los arpones

como sus homicidas colmillos los escualos.

Nada es frágil en sus cuerpos de náuticos instintos.

Sus caderas rezuman sal como los poros esponjarios.

Sus verticales senos punzan como anémonas.

Y allá van tras de sus machos pescadores,

fieles a esa misma ley que agrupa a las corvinas,

mientras el tifón soplando roncas caracolas

y valvas de alectriones y crepídulas,

clama desesperadamente: ¡al mar, al mar, al mar!

VI

ME arrastran estos civiles aires a las puertas de los túneles

donde brigadas de mineros zapadores

exploran las sepultas galerías,

para ver que la arquitectura del planeta

se erige en arcos de esmeralda

sobre columnas de platino.

Cada vez que la piqueta cavadora da un golpe en las fosas subterráneas,

aquel orbe interior es como un templo

donde resuena un órgano monumental tocado en las penumbras

por la furia de un músico divino.

Allá las estalactitas licuándose parecen

pestañas de unos ojos congelados

que lloran implacables hacia adentro.

De vez en cuando fosforescencias rápidas

salidas de los cúmulos de azufre,

son antorchas que alumbran funerales

grandiosos de algún cíclope vencido.

Y si algún minero muere despedazado por las rocas,

sus compañeros con las piquetas inclinadas como a soldado lo sepultan.

Y el órgano estremece las cuevas de zafiro.

La fuerza sindical de los mineros

sostiene a esas brigadas en la sombra.

Sin su puntal el mundo quedaría

como perdido cofre en que tesoros

desguarnecidos por la causticidad del mar, se pudren.

La fuerza sindical de los mineros

los saca hacia la vida de lo oscuro.

Cada gota de sangre de estos hombres

se convierte en incendios de granate.

Toda lágrima suya cristaliza.

Ellos hacen germinar energía y esperanza

en lugares condenados a ser ciegos.

Yo he descendido a las minas de carbón y contemplado

la terrible oscuridad matriz del mundo.

Esas minas se encuentran más abajo de las piedras sepulcrales

y desde ahí se puede ver no el rostro sino la espalda de los muertos.

Los mineros lo saben y hunden cuñas

de esperanza en las cuarteaduras delatoras,

de donde cuelgan tiras de epidermis y sudarios

como telones de una habitación en ruinas.

Si es viscoso el contacto de la muerte

sentido en superficies luminosas,

en la tiniebla de los cárcamos

es como posar los dedos sobre ofidios vomitorios

enroscados en los fósiles de hulla.

Los mineros lo saben y elevan himnos de esperanza

para alejar la angustia que presiona

y aturdir el lamento de las criptas.

Allá bajo la tierra se oye el himno más conmovedor del mundo.

Son los mineros derrotando su amargura

al pie de un horizonte deletéreo,

con sus coros de arcángeles hundidos.

De pronto callan para oír que bloques bituminosos

desplómanse de arcadas y paredes,

y como exánimes cetáceos

desaparecen entre asfálticas lagunas.

VII

COMPAÑEROS de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical lo concluyo

convocando desde los más sombríos sótanos mineros a la muerte,

porque jamás seréis los constructores obreros de la vida

si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.

En esas trincheras hondas con deformes figuras talladas en las rocas

por el desgaste persistente de los siglos

hasta esculpir cabezas que de pronto

suplican: “Dadnos rostros humanos, concluidos”.

En esas naves lóbregas donde las invocaciones así comienzan:

“En el nombre del Trabajo partimos estas rocas

y por él nuestra sangre y nuestro espíritu entregamos”,

allá quisiera humildemente prosternarme

con la veracidad de aquellos seres

que pasaron por la tierra desnudos o cubiertos con pieles de leones,

a ofrecer mis tributos integrales

a esta grandeza sindical que canto

no sólo en su evidencia entre los árboles,

los talleres, océanos y minas,

sino en mí porque mi cuerpo de trabajador nocturno

envuelto en una túnica de llamas

y signando con espinas de luceros el papel para escribirle

su sangre de cristal a la Hermosura,

ese cuerpo también está nutriéndose

de vetas, yacimientos y de minas;

de peces que emocionan con sus branquias

los morados silencios de que vivo;

de hormigas que me traen los acentos

sonámbulos caídos en la arena;

de cóndores idólatras que atizan

en mis sienes la claridad que necesito;

de caballos dementes que me dan el creador estrépito;

de confederaciones celulares, cual vosotros,

y alianzas con los óxidos de la sal, y servidumbres

de mi alma escorando hacia el olvido.

GERMÁN PARDO GRACÍA

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