Archivo para Germán Pardo García

SALUD ES POESÍA-POESÍA ES SALUD

Posted in General with tags , , , , on 21 abril 2015 by Pilar Rojas Martínez

REVISTA

Salud es Poesía-Poesía es Salud nº 19 ya está en internet. Les invito a que la lean:

“La consistencia del amor tiene dos vertientes, una de ellas es la que indica la especie humana. El amor como sentimiento a nivel de especie. Sin amor no habría apareamiento, sin apareamiento no habría reproducción de la especie. Por lo tanto amar es ser también un poco vaca, un poco toro, un poco… Hay que decirlo sin problema. En cambio hay un amor en donde el sujeto — después de variados mecanismos que ya estudiaremos a lo largo de la obra de Freud— en lugar de enfermar o de reprimir, consigue transformar la realidad que no gozará, que gozará otro. Es decir, algo que el sujeto da a quien no es y no conoce. Y eso es el amor. Ese amor, esa tendencia, es la productora de la civilización. “

http://www.editorialgrupocero.com/revist…/…/SesPyPesSN19.PDF

Acceso a los otros números de la revista
http://www.editorialgrupocero.com/revistas/salud/inicio.htm

www.editorialgrupocero.com

FIN DE LOS TRABAJOS DE HERAKLES

Posted in poesia with tags , , , on 1 marzo 2012 by Pilar Rojas Martínez

Hércules y la Hydra Lernaean. Gustave Moreau

A Vicente Aleixandre

Mantua me genuit. Calabri rapuere. Tenet nunc

Parthenope; cecina pascua, rura, duces.

Epitafio de Virgilio.

Soy Heracles, semidiós y pugilista griego.

Poeta fui también de Colombia, mi patria.

Le ayudé a Prometeo a arrebatar a los dioses

la llama celeste.

Después le vi encadenado en las llanuras de Escitia.

Armé el brazo de Pausanias en Platea,

y a lomo de pentélico centauro

galopé en la penumbra de los siglos,

hasta llegar al de la universal batalla.

Vi decapitar en Londres a Tomás Moro

y padecí bajo el poder de la injusticia.

Le disputé a Jack Jonson el cetro de la fuerza

sobre algún ring en Indianápolis.

Contemplé el derrumbe del ejército alemán

en las congeladas estepas.

Me enfrenté a las iras dinámicas

y a la desintegración de los átomos.

Les canté a las húmedas mieses y a los toros

de Colombia, en recuerdo de Virgilio.

Tengo 2.500 años. Estoy inerme y solo

y he llegado al fin de mis trabajos corpulentos.

No me intimida la muerte porque mi razón es más honda

que el pensamiento de los dioses.

Pero ¿quién sabe algo de mí, de mi fulgurante entusiasmo,

de mi destino heroico,

de mi solidaridad humana, humilde y tierna?

Mis himnos a los obreros y a las cosas,

¿quién escucha?

Sé que no puedo combatir con mi clava de roble

contra una compulsión acorazada.

He perdido la orientación divina.

Soy un náufrago del Tiempo, un héroe occiduo.

Mas aún tengo el orgullo de mi estirpe.

Y en el instante de la agonía,

al separarme del mundo,

memoro lo que de mí cantara Eóphokles,

y con la voz grande y clara de los poetas y los púgiles,

yo, que todavía soy la hermosura y la soberbia,

con mis últimos poderes así clamo,

y restalla mi voz contra los Andes:

¡preparad para mi cuerpo la pira fúnebre

sobre los Montes Eta!

¡Y que los colibantes de Cibeles

no me tornen insensible

con la liturgia de sus flautas,

al penetrar mi ser en el Misterio!

GERMÁN PARDO GARCÍA

LEYENDO A BAUDELAIRE

Posted in poesia with tags , , , on 30 enero 2012 by Pilar Rojas Martínez

Alicia en el país de las Maravillas. René Magritte

Es ésta para mí una de las noches más tristes y crueles

del mundo

Baudelaire con sus ojos estúpidos

torcidos por la sífilis; Baudelaire con sus ojos de brujo

maligno, me está mirando fijamente desde un libro de luto.

Llegó arrastrándose a mi casa, hemipléjico y zurdo.

Baudelaire llegó a mi casa después del crepúsculo,

a la hora en que salen los dementes murciélagos nocturnos.

Le dije: señor, se equivoca. No le conozco. Ya está oscuro

y esta casa se extingue a las seis de la tarde,

cuando me aíslo como una araña en su telar profundo.

Y Baudelaire me dijo: es a usted al que busco.

Al que se aísla cuando los primeros pájaros se guarecen

ante la inminencia del terror y los ruidos confusos.

Al arácnido en sombras pervertidas oculto.

Y la baba caía de los labios de Baudelaire

comidos por la sífilis, lascivos y convulsos.

Vengo a su casa porque usted conoce, como yo,

la orfandad y la pena.

Yo lo he sentido clamar por su madre dormido

como gritan los sonámbulos, los hombres siempre solos

desde su inválida niñez. Es a usted al que busco.

Yo lo he visto golpear estérilmente los impasibles muros

de la orfandad, preguntando por el nombre de su madre,

esa que usted tiene ahora fotográficamente en lo turbio

de esta casa con flores malditas.

Es a usted al que busco, es a usted al que busco.

Y Baudelaire atáxico me miraba con sus ojos estúpidos.

Y gritaba y gritaba con la tenacidad babeante del idiota:

es a usted al que busco, es a usted al que busco.

A usted lo amó la sífilis. La he visto reptar sobre su cuerpo

con sus gusanillos minúsculos

royéndole las células nerviosas, las celdillas cerebrales

con las que usted escribe; partiéndole los músculos

con los que usted trabaja, y la vertebral columna

con la que sostiene su cuerpo, cual otra columna de orgullo.

Es ella la que excita sus prodigiosos dedos

para que no reposen. Diosa blanca y verdugo.

Ella le rinde imágenes fantásticas, sonidos misteriosos

que sólo usted escucha, paraísos conclusos.

Después de la muerte en las cenizas de sus huesos

estará el treponema proclamando su triunfo.

Yerto de horror, de crápula, de espanto,

miraba yo a Baudelaire, el hemipléjico, el intruso,

que seguía gritándome y gritándome y gritándome:

es a usted al que busco, es a usted al que busco.

Salga usted de mi casa, le dije elevando mis gritos

y elevando con furia los puños.

Voy a echarle a ese perro

que custodia mi sueño proclive y mi sueño fecundo.

Y él seguía gritando y gritando diabólico y lúgubre:

es a usted al que busco, es a usted al que busco.

Al huérfano, al solo, al que siente el fulgor de la sífilis

cruzar cual sombrío relámpago por sus ojos impuros.

Al que ama la carne podrida del burdel y el sepulcro,

como amé a Jeanne Duval, deforme y perversa.

Es a usted al que busco, es a usted al que busco.

Y un desorden sublime cayó sobre mi casa reducida

como un corazón sin ternura. Y crecía el insulto

tremendo y la baba del atáxico horrible.

Y en mi rostro cayó su saliva asquerosa, su esputo

de locura y de fuerza perseguida por el Mal sin descanso.

Y crecía y crecía el desorden de mi casa y cayeron los libros

y Las Flores del Mal por el suelo en desorden y volaron

las mesas

en divino desorden y el incendio quemó las columnas

y el agua que bebo inundó de mi alcoba la calma,

y el sol que me ilumina desde un cuadro de Van Gogh

desprendiese

del lienzo y se echó sobre mí como un tigre iracundo.

Quise escribir: ¡Piedad! pero las manos desobedecieron,

y la palabra ató mi lengua con asfixiantes nudos,

y era mi cuerpo un tronco devorado por la demencia

que en la sífilis

incuba sus corpúsculos,

hasta que un águila sorda se lleva nuestro espíritu,

y el cuerpo se nos queda rezagado, concluso,

como estoy yo esta noche de crueldad indecible,

mientras el hemipléjico grandioso me grita sin saciarse:

¡Es a usted al que busco, es a usted al que busco!

GERMÁN PARDO GARCÍA

TEORÍA DE LA NOCHE AMERICANA

Posted in poesia with tags , on 15 enero 2012 by Pilar Rojas Martínez

Antes que la gran tarde continental se llene de sombras,

cual una patria aérea invadida por oscuras águilas,

concentraré mi cuerpo cerca de estos valles

que dibujan sobre los meridianos de la tierra

la historia remotísima de la sangre aborigen

y los relatos del hombre habitador de hidrópicos mundos.

Haré que las hondas selvas próximas a escuchar pregones lejanos

de quenas, cornamusas y roncos teponaztlis,

me entreguen su conmoción ante el silencio

que baja de los Andes como jaguar a las cuevas

donde arañas deformes trabajan para la muerte,

como trabajan también hormiga y chucua para la muerte,

mientras la constructora mecánica del suelo

fermenta el hervor caótica de gérmenes que viven

mezclándose con la pudrición debajo de las ciénagas.

Como un emperador indio

envuelto en su soberbia casta legítima;

de pie sobre las rocas sagradas y los ojos

fijos en los holocaustos del sol en su poniente,

así en rojo tezontle cimentaré mi sueño;

en lo más mexicano de un peñón borrascoso,

donde mis sienes puedan sentir los tránsitos del aire

y comprender mi espíritu la fuerza de unos pueblos

que amaron como yo estas mismas cordilleras de América;

aquí se arrodillaron,aquí se engradecieron

y aquí como profetas agrícolas hablaronde las cosas nutricias;

de los bosques sedientos;

del alcance horizontal de las raices

y la fidelidad del hombre a las montañas.

Me tenderé a la orilla de un lago migratorio

para que así, muy junto de su fluvial deslave,

pueda tocar con más justicia el polvo de las vértebras;

la virtud labrantía de los dedos

y el estrago ya disperso de las rótulas,

caídas en la arena y calcinadas

por furias que chocaron contra el moreno Continente,

hasta desquiciar columnas monolíticas

y fundir aquellas láminas de oro.

que brillaron en los dintetel de las casa

llamándolas de las más humildes músicas

cuando el viento les hería sus biseles,

como si fueran de carrizo silbador o de atributos del maíz.

Me tenderé a la orilla de un lago porque América,

desde el Yukón a la Patagonia,

salió del agua en el principio de los tiempos

como una balsa llena de plátanos y piñas;

balsámicas maderas;

azules mariposas;

venenos y volcanos;

defensa pectoral hecha de pieles

de caimán aletargado en la manigua,

y plumas de quetzal

escondido cual una móvil esmeralda

bajo las selvas del Petén.
Así América lacustre, bestial y cataclísmica;

recuérdalo figuras de batracios que los indios

esculpieron suplicantes en las rocas,

para pedir que se alejaran

los líquidos poderes invasores.

El agua retirándose dejó sus venas repartidas

en las vertientes amazónicas;

sus ojos en los lagos de la dulce Guatemala

y su cabellera al pie del Iguarú.
El agua fue para América origen tempestuoso de su vida.

Por eso cuando pronuncio estas palabras

con algo de su espíritu y su sangre,

idólatra y pagano confieso

la primitiva pasión que me subyuga,

y digo una plegaria que comienza

signándome la carne con luceros arborescentes,

en el nombre de la Tierra y del Espacio;

de la caoba que contiene vigas y sepulcros;

de los vestigios caminantes de la raz

ay del sol que todavía nos gobierna en las alturas.

Una plegaria que principia proclamando

mi culto a las tinieblas de la noche,

y concluye con actos de fe sin esperanza

en la amargura original de América.

y ante las sordas cumbres del Chimborazo clama.

Así creo en mi país meciéndose con ruidos de selva irremediable

desde el Darién al Putumayo.

Así mi nación de ríos que ningún mar resume.

Así Colombia acuática y agobiadoramente vegetal.
Me tenderé cerca de silencioso río a esperar la noche

que invade con su espuma de inorgánicos ébanos,

las subterráneas formaciones de carbón.

Me tenderé a esperar la noche

Como antes al regresar de sus asaltos

a los cobrizos peces y las leonadas fieras,

los rápidos arqueros cazadores.

Me tenderé a esperar la sombra cerca de silencioso río,

porque agua, oscuridad y hermetismo selvático

son la terrible clave hereditaria

del hombre de América.

Tres buitres anclados en escuetos farallones.

Tres Orinocos desaguando siempre en nuestra sangre.

Tres murallas mortuorias oprimiendo

los pantanos donde suplica el «diostedé».
Únicamente los que nacimos en América

comprendemos la enormidad del telúrico luto.

Decid a un americano auténtico la palabra «penumbra»,

y agitará los brazos

como un ofidio constrictor.

Es su nocturno instinto, su inclinación de selva

buscando sus orígenes.
Decílde “agua” y entonces descrubriréis lagunas

en sus ojos manchados de crepúsculos.

Sin embargo decidle “silencio” y en sus manos

florecerán manojos de catleyas.

La flor americana del silencio que nunca

se interrumpe. La flor más desértica y libre.

Se alimenta de brisas y silencios y músicas

inaudibles. A veces palidece y suspira.

Se sostiene en la danza. Se ilumina con los éxtasis.

Nace sobre una vara de silencio y olvido

y en olvido y silencio multiplícase y muere.

Otros días quisiera volar como un espíritu

y alejarse entre luces amarillas y lágrimas.
Abandonaré ciudades donde se cumple mi destierro

de todo cuanto es orgánica energía.

Allá dejé raíces como brazos que abren túneles

por donde pasan atropellándose en su arterial carrera,

los verdes glóbulos del fondo.

Dejé calor sacando a cada instante vidas trágicas

del territorio fétido que pudre.

Dejé vigor, crueldad en las batallas animales

y un odio de tinieblas contra hombres y criaturas.
Yo llamo a la noche americana: ¡madre!,

y ella me grita desde sus cóncavas regiones: ¡hijo!

No conocí a mi madre. Murió cuando mis ojos

ignoraban las transformaciones de la luz.

No conservo su memoria o si la guardo

es como río doloroso fluyendo entre lo oscuro.

La noche protegió mi formidable desamparo.

Crecí como algo suyo; como se desarrolla el trueno

en sus velocidades enemigas.

Hay un rencor en mí contra la claridad y la esperanza

y una insubordinación irredimible.

Llamadme por el nombre de una bestia nocturna

y acudiré,

porque mi confusión es parte de la noche

y mi angustia un zarpazo de su abismo.

Abandonaré metrópolis de cal donde se cumple mi destierro.

Allá me aguardan vegetaciones oscurísimas

y toros con tormentas en los cuernos;

obsidiana en los ojos y pezuñas,

y cuerpo de canela que se vuelve

misterioso en las cúspides sin astros.

Así América implacable en su hermosura;

vital bajo sus légamos caribes

y pobre entre sus ídolos de oro.
He de volver a sus desiertos a engrandecer mi espíritu.

Su sombra es luz de mis poderes veteranos.
Su pan el hambre de mi boca.

Su tempestad mi sosiego.

Su pudrición el más salvaje de mis gozos.

Yo soy el compañero de sus tribus que caminan

sobre savias vigorosas preguntando

por el instante mismo de la muerte.

Abandonaré ciudades, olvidaré metrópolis

y volveré a tenderme a la orilla de un río silencioso;

uno de esos turbios ríos de nombres musicales: Inírida, Vaupés,

a esperar como las serpientes el amparo de la noche de América.

Germán Pardo García